El reportero de la ARD sólo hablaba el castellano de sangría y paella que tan malamente se aprende a fuerza de fines de semana en las Balearische Inseln. De ahí que hiciera equipo con un freelance chileno muy acreditado en las cadenas alemanas. Entre los dos se ocupaban de la grabación audiovisual. No eran operadores expertos, pero a fuerza de ver trabajar a los profesionales sabían dónde colocar la cámara y cómo iluminar al sujeto. En una grabación al aire libre habrían tenido problemas, pero filmar a una señora plácidamente sentada en el salón de su casa no era complicado. Más lo fue dar con ella. Incontables gestiones hasta encontrar al sucesor del notario que había ejecutado el testamento, numerosos e-mails y frecuentes llamadas telefónicas con necesidad de intérprete ‑les parecía mentira que a los notarios españoles no se les exigiese hablar alemán, siendo, como era, la lengua materna más extendida en la UE-, y desde ahí otra ronda de gestiones, más penosas, con el Estado Mayor de la Defensa y el del Ejército del Aire. Dos meses hasta dar con el nombre y la dirección de aquella mujer. Si ahí hubiera terminado el proceso, si ya hubiesen podido comenzar su trabajo ‑hacer de Sherlock Holmes no lo era-, pues todavía, pero la cauta militar no daba un paso sin que lo autorizasen sus superiores -en eso, lo reconocían, no era diferente de cualquier soldado alemán-, lo que también llevó su tiempo. Habían sido, en total, cinco meses desde que contrastaran las identidades de las Ritterkreuz concedidas a soldados españoles a lo largo de la Zweite Weltkrieg con los registros oficiosos ‑no los había oficiales- de los diferentes estados mayores españoles, una vez agotados los informes de incontables aunque no siempre objetivos historiadores. El contraste señalaba que mientras el Bundesarchiv-Militärarchiv certificaba que se habían otorgado tres, las Fuerzas Armadas españolas sostenían que sólo fueron dos.
Habían estado varias veces a punto de claudicar y dar por buenas las cifras españolas, pero el rigor informativo de la ARD y de su canal Das Erste quedaba por encima de su hastío. El esfuerzo, finalmente, había valido la pena. O pensaban que la valía, porque la mujer aún no había dicho una palabra que no fuera de cortesía y amabilidad. Le dejaba indiferente que la ARD -una vez le contaran qué diablos era la ARD- anduviera investigando quiénes fueron los militares no alemanes que habían ganado la más alta condecoración alemana en tiempo de guerra, la Ritterkreuz o Cruz de Caballero, pero si tanto interés tenían, y si El Mando lo autorizaba, les explicaría frente a la cámara por qué un desconocido teniente primero de la Luftwaffe le había dejado en herencia sus modestas posesiones, incluyendo la condecoración que le señalaba como el más grande de los experten que habían luchado por el III Reich sin ser alemán.
Menos mal que pudieron dar empleo al tiempo tan lastimosamente perdido. Les sirvió para visitar a los descendientes de los generales que recibieron en vida la ilustre condecoración. El alemán, ya de antes, opinaba que no había para tanto, que aquellos nobles caballeros no demostraban méritos significativos. Su opinión, tras largas horas de charla con personas que les trataron, visitar los altares que tenían dedicados en el Museo del Ejército, y conocer sus hechos y sus logros de una vez retornados a la España del Caudillo, era muy desfavorable. La Ritterkreuz se creó para distinguir a los guerreros heroicos o de gran valía profesional. Nada que ver con esos dos. Peor aún: estaba en condiciones de afirmar que no la mereció ninguno de los cuarenta y cinco mil españoles que combatieron en la Wehrmacht o en las Waffen SS, salvo quizá ese Oberleutnant del que tan poco se sabía. Los registros de la Luftwaffe le consignaban al estilo alemán, sólo nombre y apellido de familia, pero todo indicaba que, con cauto ánimo camuflador, el que rellenó su ficha -bien pudo ser él mismo- juntó el primer apellido con el nombre, formando uno compuesto que, incidentalmente, se leía y escribía en alemán igual que en castellano, y tras eso anotó como apellido de familia el de la madre, tan largo como impronunciable -para un español- y de indudable origen germánico. El primer apellido era tan común en España que aún se preguntaba si estarían en la buena pista, si aquella mujer con aspecto de vulgar ama de casa, pese a ser un feldwebel, resolvería el enigma o, por el contrario, evidenciaría que habían fallado el tiro, que habían malgastado cinco meses en perseguir un fantasma.
-¿Está lista, señora?
La mujer asintió, algo tensa. Era comprensible. La primera vez en hablar a una cámara es difícil no estar envarada. Los periodistas lo sabían, pero no les preocupaba. Sabían hacer entrar en calor.
-Para empezar, ¿podría contarnos algo de su vida? ¿Que por qué? Por los espectadores. Ellos, al comenzar el programa, no sabrán quién es usted, y un pie de imagen de dos líneas no hará que comprendan su historia, ni su papel en ella.
La mujer tragó saliva, nerviosa pero no asustada. Ella no se asustaba. Ninguna soldado capaz de barrer con su ametralladora del .50 una cuadrilla de milicianos serbo-bosnios se asusta de contar su vida.
-¿Desde dónde?
-Si nos explicara por qué se dedicó a la vida militar sería un buen comienzo. Tenga en cuenta el público para el que se ha pensado este reportaje: televidentes cultos alemanes, austriacos y suizos. Sus palabras no serán dobladas. Se oirán en español, aunque con subtítulos en alemán. Es importante, pues, que hable despacio y tan claro como le sea posible, para que dé tiempo a leer la traducción.
-¿Y emitirán todo lo que yo diga? Qué horror. La gente se aburrirá.
-Oh, no se preocupe por eso. Siempre se hace una edición, y después un montaje. Lo que diga quedará reducido a un quince o un veinte por ciento, al menos en la versión para emitir en abierto. Haremos también una segunda versión, más extensa, para ser vendida en formato DVD. Allí se la escuchará en mayor detalle. Por eso es importante que no se guarde nada, que nos explique todo lo que a su juicio pueda tener valor. Y que lo haga tan relajada como pueda. Olvídese del tiempo. Nosotros no tenemos prisa, y usted, según nos ha dicho, tampoco. Si no acabamos hoy pues no pasa nada. Ya seguiríamos mañana.
La mujer asintió, más tranquila. Llegaba el momento de largar.
-Vengo de una familia de militares. De suboficiales. A los del tiempo de mi padre no les preparaban en una escuela especializada. Se incorporaban como soldados rasos, para cumplir su servicio militar y luego reengancharse. Los que permanecían en filas toda su vida se retiraban con un empleo de oficial, aunque sólo a efectos de pensión. Mi padre pasó a la reserva de teniente, con sesenta cumplidos. Estaba enamorado de su profesión. Muy vocacional, muy disciplinado. Sin ninguno de los malos hábitos que se suelen adquirir tras años y años años de guarniciones y cuarteles. No bebía, no maldecía, no era brutal. De haber tenido la oportunidad de hacerse mejor, de ser oficial, no les quepa duda de que lo habría sido, pero cuando le llamaron a filas sólo era un pobre analfabeto desnutrido. Todo lo que llegó a ser en la vida se lo debió al Ejército, como nunca cesó de repetirnos. A sus hijos. Fuimos siete. Yo, la pequeña y la única chica. Muy tardía, que mi madre me parió a los cuarenta. No tuve seis hermanos mayores. Tuve seis padres más. Muy severos. Y muy militares, que lo son todos. Suboficiales. Bien instruidos. De academia, como decimos nosotros. Los dos pequeños hasta dieron el salto a la escala superior, así que se retirarán de comandantes. El ambiente familiar de mi niñez, ya lo ven, no pudo ser más castrense. Subalterno, sí, pero de primera calidad.
Se detuvo para encender un cigarrillo. Fumaba poco y jamás en casa, donde había prohibido tajantemente que se hiciera, pero necesitaba del pitillo para mantenerse concentrada, para no irse por los Cerros de Úbeda. Para no perder el hilo. Uno que tenía muy ensayado. No era una entrevista de cuestionario estricto, de no se salga usted de los carriles, o eso le habían dicho. De ahí que, para no perderse, hubiera interiorizado la historia en todos sus detalles. Ahora se trataba de no liarse, no aturrullarse. Ayudarse del pitillo le vendría bien.
-Desde muy pequeña yo quería ser militar. Sin demasiada esperanza, porque la milicia seguía sin abrirse a las mujeres, salvo para ser Dama Enfermera de Sanidad, y chorradas así. Yo no quería limpiar culos, compréndanlo -el periodista chileno sonrió ampliamente-. Yo quería ser soldado, como mi padre y mis hermanos. Seguía sin resignarme cuando al fin salió La Orden. La que nos permitía no sólo incorporarnos, sino hasta participar en misiones de fuego. Que no seríamos floreros en un cuartel, vaya. No tardé ni dos días en presentar la solicitud. Tenía diecinueve años, título de gruaduado escolar y dos cursos de Formación Profesional. Mecánica y Motores. Me chiflaban los coches. Ya ven, muy femenina no era, no... bueno, un poquito. Había hecho un cursillo de peluquería, para ganar algún dinero. A mis amigas las peinaba yo, que se me daba bien, pero no era eso lo que yo esperaba de la vida. Tenía carnet de conducir, por supuesto, aunque no pensaba en comprar un coche, como hacían ellas. Yo quería un tanque.
Lo había dicho con énfasis, aunque no desmesurado. Era el modo de hablar de un soldado competente y disciplinado, no el de una loca de la vida. La forma en que se comunica un sargento acostumbrado a recibir y dar órdenes, y en su caso a tomar iniciativas. En el Estado Mayor del Aire les habían hablado de una olvidada escaramuza entre Mostar y Sarajevo. El BMR danés donde iba ella, precediendo a un grupo de ambulancias, se vió cercado por una partida de milicianos serbo-bosnios. Sus accidentales anfitriones huyeron por la tronera posterior, sinceramente preocupados por su piel, pero ella, desoyendo recomendaciones de prudencia -es que las daban en danés, había bromeado más tarde-, se subió de un salto a la cúpula de la .50, la montó a dos manos y, despreciando los disparos de AK-47 que llegaban de todas partes, abrió un fuego devastador contra los emboscados. A cuatro los dejó allí, en el sitio, y dos de los supervivientes no llegaron lejos. La situación se resolvió, los perplejos daneses regresaron a su acribillado BMR y el convoy de ambulancias pudo seguir adelante. Cuando llegó al campamento español andaba preocupada. Veía inevitable que la metieran un puro, por indisciplina -sus órdenes, las que le dieron antes de salir a buscar una bomba de inyección al destacamento danés, eran Volver a la Carrera y No Buscarse Líos- y por hacer uso de armas ajenas. De ahí su sorpresa cuando los legionarios, al tanto del episodio gracias a la radio de la NATO, la pasearon por el recinto entre vítores a sus enormes ovarios de Legionaria del Aire. También, el alivio de saberse no arrestada. Si no por otra cosa, porque quien se la puso sobre los hombros, tan fácilmente como si ella fuera una niña de seis años, fue su propio capitán.
-No era la primera chica, porque la instrucción la hicimos varias, aunque sí la única con una especialidad. El problema era que no sabían qué hacer conmigo. Una cosa era que yo pidiera destino en una maestranza y otra que por las buenas, de la noche a la mañana, el Ejército del Aire confiara en una cría para cosas tan serias. Por cierto, que si me alisté allí, en el Aire, fue por no coincidir con mis hermanos. Los seis estaban en Tierra. No quería que me protegieran. Tenía mi orgullo y no quería ser la niña de nadie -los periodistas asintieron, divertidos; la pequeña mujercita, como les habían advertido, era de armas tomar-. Acabaron destinándome al Grupo de Automóviles del Cuartel General. Estaban tan cortos de gente que cualquier refuerzo les vendría bien, aunque fuese una mujer. Aquello sucedió a primeros del 89, cuando el servicio militar aún estaba en vigor -en Chile todavía lo está, murmuró para sí el freelance, con amargura; su colega de Das Erste habría hecho lo mismo, porque la mili era una incómoda realidad en la cada día más insumisa Bundesrepublik, pero había renunciado a la traducción simultánea, para no descentrar a la entrevistada-. Conducir coches del Aire aún era misión de soldaditos de reemplazo, pero como eran el blanco natural de la ETA la inmensa mayoría se negaba en redondo a conducir, sobre todo para oficiales superiores. ¿Que cómo se podían negar, dice usted? Pues muy fácil: haciéndolo fatal. En cuanto se cargaban un par de aletas, El Mando entendía. Se les incentivaba reduciéndoles un mes el año de servicio, pero aún así había más volantes que conductores. De ahí que según llegué, sin preguntarme nada, el brigada que adjudicaba servicios se sentara conmigo en un Opel Corsa y me ordenara que le diera una vuelta. No debí hacerlo mal, porque no me puso a fregar, como temía. Lo que me propuso, sin embargo, me dejó sorprendida. Más que nada porque yo, en realidad, tenía muy poquita idea de la vida. De la civil y de la militar.
Nueva pausa, esta vez para beber un poco de agua y al tiempo preguntarse cómo estaba. Pues nada mal, no señor. Aquello le gustaba. Quizá fuera la primera vez en su vida donde hombres adultos la escuchaban pendientes de sus palabras, sin aprovechar la menor ocasión para interrumpir y ponerse a largar de sus propias chorradas, sin mirar la hora y sin pedir que les trajera café.
© Anna Wohlgeschaffen